22.1.14

227.

Para el, aquella “reunión de negocios” no se diferenciaba mucho de una simple noche semanal. Si lo hacía de la del fin de semana -pues en esta última abundaban las mujeres, el humo de los Habanos y la penumbra que el fuego de la chimenea proporcionaba-. Pese a todo, a que su cabeza empezaba ya a independizarse de sus acciones y a que presentía que el brote estaba cobrando vida nuevamente en él, se encontraba como un inútil pronunciando el tercer ofrecimiento de “¿un copa?” y, aun así, el acuerdo seguía sin clarificarse. No es que le importase mucho pero, a decir verdad, se estaba empezando a sentir bastante incómodo. Estaba abstrayéndose de todos los intentos que su invitado llevaba a cabo para captar su atención y eso, eso señores, es lo peor que a un hombre de negocios le puede pasar en su particular terreno. En su propia casa.
La previsión mental indicaba que, en escasos veinte minutos, de aquel oscuro reserva del 25 sólo quedaría el opaco vidrio y, ¿para qué mentir?, el tener que malgastar el sonido de un par de piedras cayendo sobre el vaso ancho que, posteriormente, bautizaría con un chorro del maltés The Macallan... no le hacía a nuestro anfitrión ninguna gracia. No en su casa.
 
Es más, sabía que la cosa se complicaría una vuelta más al pasar de “¿una copa?” a “¿un trago?”. El ambiente tornaría hacia un color más distendido y aquella rata, que gozaba del cálido confort de su sillón -para invitados, obviamente-, se haría a la idea de que los asuntos importantes podrían esperar un día, tal vez dos, más.
-Con mucho gusto

-Volviendo al tema central de nuestro encuentro ¿Qué sabe de las propiedades del Sur?
 
 
Ahora la copa ya aparecía aposentada en el reposabrazos del sillón de invitados y la rata aprovechaba el tiempo de goce del agrio sabor del vino recorriendo su tráquea para inventarse la que, seguramente, sería la última de las mentiras recitadas aquella noche.


-Pues, como ya le he explicado en varias ocasiones, de eso quería hablarle desde hace tiempo
 
 
¡Bingo! El mandamiento de todo aquel que pretende salvar su trasero: primero, hacer que el interlocutor se piense tonto “ya le he explicado en varias ocasiones” y, segundo, conseguir una posición adelantada en la guerra discursiva abierta “quería hablarle desde hace tiempo”.

Como ya se había vaticinado, cuando uno se abstrae de la conversación básica del encuentro... la cosa solo puede ir a mal. La rata seguía tirando de mandamientos para elaborar su exposición de motivos, pues no solo Dios tiene el secreto de los diez. Y él, desabrochando su chaleco, se acercaba al cristal de la estantería. Haciéndose a la idea de que aquel whisky acabaría por tomarle el relevo al tinto. Pero, en su trazado, se detuvo ante la mesita de los Habanos. Ya puestos ¿qué podía perder?
Con la caja en las manos, giró su cuerpo 180 grados y se dispuso a retomar su paso en sentido contrario. Abriendo la caja, para no perder tiempo, se dispuso a cortar a su invitado incitándole a fumar:

-¿Me acompaña?


Él, que como rata que era, ya se había dado cuenta de la grandeza de la caja, no dudó en utilizar preguntas estúpidas para alargar el placer del momento del ofrecimiento:

-¿Habanos? Vaya, soy un fiel seguidor de su sabor. Con mucho gusto le acompañaría





-¿Samuel?

-Dígame señor, ¿para qué me necesita?

-Encárguese de que el salón denote una presencia limpia e impoluta como la que tenía antes de la llegada de mi invitado

-¿Han llegado a algún acuerdo, finalmente?

-Por supuesto, Samuel. No tenía interés en contarme la verdad sobre mis tierras y simplemente le he facilitado la compostura de “no hablar”

 
La sangre que brotaba de su cuello reafirmaba sus palabras, dando fe del suceso. El sedoso pañuelo, con el que limpiaba la boca del cañón de su revólver, estaba dispuesto a acabar en el mismo bolsillo del cual lo había sacado. Y, mientras volvía a guardar el arma en aquella pulcra caja de puros, se sintió lo suficientemente generoso como para compartir con su criado aquella información:

-¿Sabe Samuel? Al final tenía yo razón, alguien que vive mintiendo también "se va" haciéndolo.

-Si señor, nunca dudé que esa fuese una gran verdad
 
-¿Verdad? Al fin y al cabo... ¿Quién malgasta un Habano entre semana?



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