31.1.11

40.

Llegaría, por más que llevasen todo el día evitando hablar del tema, iba a llegar. Estaba cerca. Ambos se levantaran sabiendo que ese día sería el de la despedida. No se volverían a ver hasta dentro de un año largo, incluso dos si todo marchaba bien.
Ahora, ambos pretendían acostarse juntos a modo de despedida pero él no pudo. La sujetó, le impidió que se tirara en cama y la acercó a la pared. Pese a que todo empezara de forma vertical, la horizontalidad pudo más. Acabaron, como bien pudieron, tendidos sobre las mantas.

-Se que no me vas a pedir que te espere en todo este tiempo. Sabes que tanto tú como yo vamos a invitar a gente desconocida a inmiscuirse en la cama.
-Sí, es algo que conocía. Ya me hiciera a la idea.
-De todas formas, que sepas que a ninguna con la que comparta la noche le diré lo que te digo a ti al oído antes de acabar.

El silencio cobró presencia nuevamente, algo normal al ser la madrugada su momento por excelencia. El estaba esperando que ella le respondiera. Ansioso, esperaba oír algo de su boca que igualase al te quiero que cada vez que hacían el amor le regalaba. Algo que realmente le hiciese esperarla, aunque ella lo desconociera.

-Y... tú sabes que solo contigo me pongo arriba. Nadie tendrá el privilegio de pasar por lo mismo.

Sinceramente, a él, con saber eso, le sobraba para un año. Un año largo.

26.1.11

39.

Levantó la cabeza de mi brazo y me dijo desde muy cerca que se iba ya a la cama. Vi como al levantarse la melena le caía del hombro a la espalda y el camisón de la cintura al resto de las piernas. Fue en ese momento, cuando se metió en la habitación y arrimó la puerta, cuando me acordé de ti. Me di cuenta de que si tú fueses ella, la situación no sería para nada igual.
Tú siempre te sentabas en el borde contrario del sofá, con las piernas dobladas dejando ver la mayor parte de los calcetines. Te gustaba ponerte así para hacerte la dura conmigo, al igual que te gustaban los pantalones de pijama, dos tallas más grandes que la tuya, combinados con camisetas sin sentido. Si fueses tú la que estuviera viendo aquella vieja película conmigo, no vería tu melena caer, porque llevarías el pelo atado en una coleta imperfecta, con algún que otro pelo suelto. Pero sobre todo, si ella no fuera ella y fueras tú, no te irías a la cama. Aguantarías a que fuese yo el que adormilado te pidiese, muy bajo, que vinieses conmigo. Seguramente “no tengo sueño” sería tu respuesta, harías lo que fuera para que finalmente me quedase medio en coma en tu cintura.

22.1.11

38.

Seguramente la ocasión no se volvería a repetir. El momento estaba siendo único e irrepetible pero nadie lo notaba. En el ahora no se piensa en la próxima vez, en el comienzo, en lo que podrá pasar, en lo que queda por llegar. Solo existe el ahora, el estoy siendo en este momento. El quiero todo ya, el soy todo ya.
Seguramente la ocasión no se volverá a repetir. Lo que pasó aquella noche, fue aquella noche, fue allí y con aquella persona. Ahora, en el ahora de hoy (y no del antes) ya nada volverá a suceder. Eliminamos la repetición, nos anclamos en este instante.

12.1.11

37.

Era la última tarde que pasaría con su mejor amigo y, por las tonterías acometidas la noche anterior, se estaba jugando una amistad de más de quince años. Uno tenía razón para enfadarse y el otro para pedir disculpas. Uno debía dar a torcer el brazo y el otro dejar de quebrárselo para agarrarlo fuerte y estrecharlo en un abrazo. Un apretón de cuerpos entre hombres hechos y derechos que no se verían hasta dentro de nueve meses. Entre hombres, que al fin y al cabo, al dejarse ir por el orgullo, seguían siendo niños.

2.1.11

36.

No era la noche de fin de año, ni tampoco la madrugada del día siguiente. No era una noche de celebraciones, ni a gran ni a pequeña escala. Eso fue lo primero en lo que pensé al verlo tan bien vestido, de traje. En un lado, cerca de la pared de la entrada, destacaba por su ambigüedad entre la poca gente que había en el local. Eso fue lo segundo que vi en el, su soledad arrolladora. Seguramente cometería un error al pensar en la posibilidad de que fuese un novio abandonado a las puertas del si quiero y, lo cometería más aun, imaginándomelo en una comunión, bautizo o demás fiestas cristianas. Tras tanto matiz, caí en la cuenta de que mi error había sido dejar para el tercer lugar el fijarme en que, seguramente tras el efecto del alcohol, ya ni pajarita ni corbata figuraban en su cuello. El último botón no estaba en su correspondiente ojal si no divorciado de el y, lo más fuerte, el borde derecho de la camisa se presentaba por fuera de su pantalón gris oscuro.
No provenía de ninguna celebración, ni grande ni pequeña, solo estaba diciéndome con una mano que me acercara.