26.8.11

95.

La música femenina, de principios de los noventa. Se escuchaba muy bajita, casi como si la cantautora estuviese susurrando tras la pared. La noche entraba por la ventana al igual que la poca luz artificial proveniente de las ventanas ajenas, del patio de luces. Se le pidió y dijo que no. Se lo pidió nuevamente y se volvió a negar. Cambió de tema, dejó que la vieja letra londinense le perturbara la cabeza y en los momentos de despiste se lo volvió a pedir para escuchar nuevamente una negativa.
No era una noche muy fría ni tampoco el calor se adueñaba del habitáculo. Como consecuencia de esto solo una fina sábana los tapaba. La canción acababa de terminar pero el reproductor estaba en modo repetición.
-Escucha atenta el principio. Es maravilloso
Afinó sus odios y, cuando la voz acabó sus seis frases, alzó la vista. Ojos claros, verdes mezclados con una tonalidad grisácea. El pelo, despeinado pero sedoso, le caía por la frente tapándole parte de la cara. No se resistió y deslizó sus dedos por su flequillo. Su rubio flequillo, el que él trataba de tener siempre impoluto y que solo en esa ocasión le daba igual no cuidar.
-Tienes una pinta horrible, ¿lo sabes no?
-Tu tampoco te miraste a un espejo eh, pero me da igual. Si solo me ves tú ¿qué más da?
Tras esto, le sonrió con la complicidad más grande que se puede mantener entre dos cuerpos a punto de quedarse dormidos.

25.8.11

94.

-¿Si? Si, soy yo ¿quién es?
- ...
-Si, sigo aquí
- ...
-¿Qué quieres que diga? Llevaba tanto tiempo esperando esta llamada que hasta el número de teléfono se me había vuelto desconocido
- ...
-No sé si puedo. No se, incluso, si quiero...
- ...
-Si, totalmente. En mi vida solo he estado seguro de lo que digo dos veces y esta es una de ellas
- ...
-¿Eres tú la que no dcie nada ahora? Te callas porque sabes cúal es el otro momento del que no me arrepiento, ¿verdad?
- ...
-No, eso sigue igual. La elección sigue siendo la habitación 370. ¿A ti te dejaron de gustar las zapatillas verdes?
- ...
-Entonces, inevitablemente, todo sigue igual. ¿Qué vamos a hacer?

24.8.11

93.

Era ya su segunda noche y para ella conseguirlo era todo un logro. La primera el acercamiento había sido rápido, fugaz y lejano. Un momento de los que recuerdas simplemente por su escasa duración pero duro impacto. La segunda era completamente distinta. Pausada, penetrante y con mucho más espacio que recorrer.
Verdaderamente no podía afirmar que lo conociese profundamente, el tiempo compartido no era el suficiente pero la sensación que le transmitía era totalmente opuesta. Semejaba una persona fría y lejana pero demostró lo contrario. El, como todos, estaba supeditado a un fondo desconocido anclado y perdido en el abismo de un tiempo pasado mejor. Aquella segunda vez se lo demostró, sin querer.

-Dime su nombre y acaba de una vez

Lo pronunció. Cinco letras, dos sílabas que retumbaron en la cabeza de él y tranquilizarron los oídos de ella. No dudaba que toda su actitud de persona no relacionable pertenecía a una fachada protectora. Esa madrugada ella supo, sólo con ver la cara de él al pronunciar el nombre de la pasada y fijarse en el tono de su temblorosa voz, lo que siente un hombre al seguir enamorado de una persona de la que no se puede olvidar.
Se le hizo extraño, pues no se había imaginado nunca que habría de descubrir esa sensación masculina de la mano de un desconocido, pero también pensó en lo bonito que era a la vez.
La remota probabilidad de que en alguna parte de la ciudad alguno de los hombres de su vida estubiese compartiendo su nombre con otra mujer a la que acabara de besar le producia un alivio interior que le hacía incrementar las ganas de pasar la noche con aquel que tenía ocupada la mente y el corazón por otra.

-No entiendo por qué quieres joderme la noche haciendo que diga su nombre
-Simplemente acabamos de marcar nuestros límites

La calle era larga, los edificios de los lados fueron los testigos, los portales numerados los escenarios del resto de la calurosa madrugada. Sus cuerpos se dieron un respiro de compañía, sus cabezas sabían que la persona con la que querían estar no era la indicada.

15.8.11

92.

La disputa entre ambos acababa de comenzar sin darse cuenta. Le subió el nivel de volumen a la música y los golpes empezaron a no sonar para el resto del edificio, solo los escuchaba ella. Escondida tras los abrigos del armario de su habitación intentaba recordar la canción que el señor don Pedro le cantaba cada tarde de lluvia en la casa vieja de piedra. Aquella simple melodía era lo único que le alegraba las noches de tormenta en las que solo el sonido de los truenos contra la inmensidad celeste y del viento en las ventanas se hacían protagonistas. Ahora, empezada aquella lucha abierta entre ambos frentes parentales, la letra de la canción no le venía a la cabeza, ni el ritmo. Tenía el compás y se balanceaba sobre sus rodillas en un intento de transmitirle a todo su cuerpo el sonido del que debía acordarse. Su miedo no era ver que la puerta de rendijas que la protegía se abriese de golpe. No era divisar el momento en el que el sonido de la música alta empezase a bajar y ella sintiese que debía salir ya. Mucho menos lo era lo que se había de encontrar al abandonar su refugio de madera. Su miedo, a cada instante, era no poder trasladar su cabeza, su sentido, su ser, a un lugar que no fuera aquel en el que vivía un día, otro y otro más. Su consuelo era pensar, a su corta edad, que seguramente el viejo señor don Pedro también había tenido que aprenderse aquellas estrofas para evitar pensar en toda la maldad que rodeaba su niñez.

11.8.11

91.

No esperó mucho tiempo porque no le gusta hacerse de rogar. Primero un brazo, luego la cintura, más tarde las piernas, el cuello y la espalda. Finalmente, el agua cubrió la totalidad de su cuerpo, rozando suavemente sus labios. Le sonreía, lo hacía muy despacio, arqueando ambos lados de la boca. Al unísono. A ella le encantaba sentirse libre dentro de la gran masa acuática. Podía gritar, pero no quería hacerlo. Optó por dejar que la marea, no muy agitada, la llevase primero en dirección izquierda y luego, todo recto.
Decidió hacerlo de inmediato, no le gustaba que la gente se le resistiera. Primero fue su cintura, luego su torso, más tarde el pelo, la cara y los glúteos. Finalmente, el sol empezó a quemarle todo el cuerpo, siendo la más sensible su faz. Le sonreía, lo hacía lentamente, dibujando en paralelo los dos extremos de la boca. A él le volvía loco la sensación que el calor le creaba sobre la piel, no muy tostada. Podía apartarse, pero no quiso hacerlo. Optó por dejar que la temperatura subiese, no de forma rápida, y le erizase todo el bello.