28.3.12

138.

Estaba ya el día lo suficientemente avanzado cuando de un salto salió de la cama. Los pies descalzos sobre el parqué. El estampado a cuadros azul oscuro y blanco, hasta algo más arriba de las rodillas, era lo único que causaba contraste con su color, aún no morena, de piel. Era normal, el buen tiempo asomaba pero todavía no había aparcado el verano en la puerta. Se dirigió, bajo la tenue luz que aportaba la rendija de debajo de la puerta, hacía la ventana y, sin dificultad alguna, la abrió de par en par. La persiana también fue manipulada por su enérgico humor y, de un solo golpe, el sol entró de repente en toda la habitación. Saltó, saltó y volvió a saltar. Sentía que el día no había hecho nada más de empezar, que un clima así requeriría de más adrenalina de la que su cuerpo estaba derrochando en ese momento y que... Se dio la vuelta y la vio, tirada en la cama. Aun.

-¿No piensas hacer nada de tu vida? Mira este día, por favor. Muévete
-Dejame, no todo el mundo puede levantarse con tu energía

Mientras se dedicaba a reprocharle su vaguedad, aprovechaba también el tiempo liando algo de tabaco. Al lado de la ventana, por supuesto, pero al escuchar su respuesta posó todo en el alfeizar y, lentamente, se acercó al colchón. La mirada era desafiante y el tono que estaba a punto de utilizar lo era todavía más.

-¿Quieres que te deje? ¿De verdad? ¿Estás segura?

20.3.12

137.

Yo siempre se lo noté, desde detrás de la barra. Se sentaba habitualmente enfrente de ella y hacía como si nada. Daba la impresión de que pretendía llegar y cambiar todo en un minuto (...) No, no sé si lo consiguió. Desconozco lo que llegó a pasar pero lo único que puedo asegurar es que un buen día ya no estaban en su mesa. Dejaron de venir (...) Hombre, la continuidad que mantenían dependía de varios factores pero solían ser fieles (...) Pues del tiempo, de la época de mayor laboriosidad, de si estaban enfadados... (...) Por supuesto que se lo notaba, si estaban de malas ella no dejaba de mirar hacia la barra y el simplemente cantaba por lo bajo las canciones clásicas que sonaban en el local (...) Si, eso ya era otra cosa, los días que estaban bien no dejaban de reírse. A veces incluso desde fuera, al cerrar, los lograba escuchar. La mayoría de las veces era así (...) No, no me refería a eso. De los últimos no eran, quizás una o dos veces pero nada más. Semejaba que les gustaba abandonar la partida cuando llegaba demasiada gente. Solitarios supongo (...) Eso no, eso no puedo saberlo (...) Bueno, una vez creí verlo a el con otra. No estoy seguro de si era el mismo porque lo vi desde lejos un día de demasiado trabajo y la que vino a pedir las copas fue su acompañante (...) Quizás... hace un mes o un mes y medio (...) Si, después los volví a ver a ellos siempre, por eso me extrañó (...) El que eligiese, si era él el de aquella vez fugaz, el mismo sitio que ocupada con su acompañante habitual. No se, tal vez la costumbre. Tal vez la falta de remordimientos.

19.3.12

136.

Se extrañó mucho de su reacción: no le importaba. Tenía que estar pasando algo extraordinario entre los espacios vacíos de su cabeza, seguro. Se lo tomó con toda la normalidad existente, en aquel pequeño lugar, pese a que la noticia no era agradable en absoluto. Las pocas veces que se sentía así, divida entre interfases, en plena lucha por entender los cambios que la personalidad hacía a su antojo, optaba por citar como causa a su proceso momentáneo de maduración personal. Sabía que eso no era posible, su naturaleza no se lo permitía, pero era un buen escudo.
Por más que le buscaba la explicación no daba con ella pero, al mirar a la carretera que, sin remedio, le quedaba por recorrer hacia su hábitat semanal cayó en la cuenta. Lo único que le había pedido siempre era la verdad y el aquella noche solo había sido sincero. No existía motivo alguno para comenzar la disputa.

15.3.12

135.

-¿Por qué tienes que cambiarle el sentido a todo? Lo haces demasiado complicado, de verdad
-¿A qué te refieres?
-Pues a que te complicas la vida dándole posibles vueltas a cosas que se entienden a la primera. Barajas opciones de vida y las consecuencias que estas derivan sin pensar en que a lo mejor todo es más fácil si no lo piensas. No se si me estoy explicando pero a dónde quiero llegar es al final
-Si, claro. Como con todo
-Vamos a ver, no me refiero a nuestro final pero si al final de tu complicado espacio
-¿Cómo?
-Te lo he dicho. Son demasiadas cosas, relájate y acuérdate de que pensar, normalmente, no es bueno
-No, no quería recalcar tu respuesta si no que me repitieses el principio de tu frase. Has dicho nuestro final
-¿Y qué tiene de malo?
-Desconocía que ya estábamos dentro de ese bucle momentáneo en el que tus asuntos y los míos son de los dos
-Tranquila, las cosas seguirán como hasta ahora. Te lo prometo
-¿De verdad?
-¿Te he mentido alguna vez?
-Pues claro que si y lo sabes

Aguantaron la mirada unos segundos, tiraron con los guiones al suelo entablado y giraron la mirada hacia el frente. Esperaban una respuesta por parte de su director, a poder ser positiva.

12.3.12

134.

Ahora que todo había pasado, que estaba ya todo frío y la situación, olvidada, no tenía vuelta a atrás, se decidió a acercarse nuevamente a su rincón. Era, con diferencia, el sitio de la ciudad más olvidado por todos los que perdían el tiempo entre semáforos y callejones y, sin embargo, guardaba los mayores secretos de todas las personas que ignoraban su existencia.
Desde allí se podía contemplar todo. Absolutamente todo.
De todas las ubicaciones posibles, escogió aquel pequeño trocito de tierra desde donde había descubierto el primer enigma oculto y, desde un principio, los recuerdos de todas las situaciones allí vividas recorrieron la totalidad del espacio. Físico y mental.
Por increíble que pareciese, y por mucho que odiase aquellas cuatro paredes empedradas de la metrópoli, tenía que admitir que, en el fondo, aquel lugar la fascinaba. Seguramente de ahí radicaba su egoísmo hacia el mismo y sus negativas a mostrárselo al resto de seres vivientes. Lo que conllevaba dicho paraje era mejor que cualquier cosa. Incomparable.
La paz y tranquilidad que le transmitía la soledad del lugar estaba siendo interrumpida por la despedida inoportuna de la luz del sol. Se estaba poniendo, ya, por la dirección en la que el agua corría. Con esa ínfima luz y la música recordatoria de fondo, vino a su mente.
Probablemente el ya hubiese compartido su secreto con otra. Con muchas otras. O tal vez, quizás cumpliese con su palabra. No podía saberlo.
La despedida lumínica era cada vez más rápida y el frío de la hierba incitaba, obligaba, a echar las manos a la cazadora.
-¿Tienes frío?
-No mucho
-Ya claro, venga vámonos pues
Se acordó de aquel último diálogo compartido en su rincón. En su pequeño lugar.
Los recuerdos estaban proyectándose cada vez con más fuerza, más creíbles y, como esta vez no estaba el para poner en marcha la vuelta a casa, ella decidió seguir recordando de camino.

7.3.12

133.

Cerré los ojos con una intensidad tan grande que la impresión de que no podría abrirlos de nuevo recorrió todo mi cuerpo. Estaba completamente harto de escucharte todo el día reprochándome movimientos y miradas que realizaba por costumbre sin ningún tipo de malicia, culpándome de todos tus problemas e, incluso, cayendo en la rutina de creerte una de las mejores actrices neoyorquinas en sus roles de víctimas. Sinceramente, no pretendía hacerte ningún daño pero si así fue, tampoco me arrepiento. Cerré mi puño derecho, apretando los dedos en el interior con una fuerza superior a la que estaban ejerciendo mis parpados en ese momento, como siempre hacía al enfadarme. Aguanté a que terminases de argumentar todas y cada una de las razones que te hacían dejarme, tu a mí, y no he de negar que muchas fueron las veces que, in medias res de tu discurso filosófico, estuve a nada de cerrar la puerta tras de mi al salir. De todas formas, lo soporté y esperé a que acabases para explicarte todo aquello que corría de mi cuenta, tranquilizarme hasta lograr estirar la mano diestra al completo y desearte buena suerte en tu nuevo camino. Ahora, ya en la calle, solo puedo pensar en aquellos que desconocen lo que realmente acaba de pasar entre nosotros. Sí, pobres ellos, que no saben lo que acaba de lanzarse al mercado.

1.3.12

132.

El arte del juego radica en el aprendizaje y en el engaño. Puede incluso que en el aprender a engañar. Uno se apodera de las cartas, contrasta las posibilidades y planea el efecto de sus movimientos. Al mismo tiempo, los ojos se clavan en las jugadas ajenas sin poder evitar el recorrer la totalidad de los rostros vecinos, sus rasgos, los detallados cambios que en ellos se producen, alrededor de uno mismo. Los más aventajados siempre sacan un tema de conversación trivial, banal a veces. Hacen preguntas empáticas o explotan su encanto y don de gentes al máximo. Los más gachos solo asienten o niegan, individualizando todos y cada uno de sus acciones para no caer en ninguna de las trampas oculares que, de manera invisible, forjan los diversos invitados. Son muchas las veces las que la capacidad de fingir un estado de ánimo proveniente de una buena o mala mano consigue llevar al estrellato a su protagonista mas, otras veces, los jugadores optan por la segunda vía: la del aprendizaje. El estudio cronológico de cómo abandonar el juego a tiempo y dejar que, los demás, sigan su curso.