12.6.13

223.

-Pásamelo

Las sonrisas cruzadas se intercambiaron entre los allí presentes, ante tal palabra.

-¿Que te pase el qué?
-Venga, sabes bien de lo que hablo. Pásamelo

No pudo soportarlo más y dejó escapar una carcajada -insólita en el- entre sus dientes. Sus, todavía, brillantes, perfectamente alineados y blancos dientes, por mucho que le pese a los dichos comunes y a las reglas establecidas.

-A ver, dímelo una vez más. Pero que sea apuntándome con el dedo al estilo del Tío Sam, a ver si así esta vez logro creerte

Los que jugaban con las miradas siguieron con el intercambio, entre pequeños sarcasmos y grandes ironías. Todos ellos mudos, claro.

-Te he dicho que me lo pases, no hace falta que te apunte con un dedo norteamericano
-¿Entonces?

Se levantó de su parcela e invadió, sin aviso, la suya. La de él.

-Entonces, me lo pasas. Y todos contentos

El intercambio, ya famoso en el ambiente, siguió presente pero, esta vez, no era cuestión de vista sino de tacto.

11.6.13

222.

-¿Vas a dejarlo escapar así?
-¿Escapar? Está simplemente empezando una etapa y yo, sinceramente, me alegro bastante
-¿Estamos locos o qué?
-¿Por qué? ¿Por alegrarnos de que a la gente que conocemos por fin le empiecen a ir bien las cosas? ¿Por qué todo parezca cambiar a mejor?
-¿Hablas en serio?
-Hablo muy en serio. Me alegro, y me alegro mucho. Ojalá todos lográsemos pasar por lo que él y sentirnos orgullosos -de nuestro pasado-.

9.6.13

221.

Tenía un tic detestable, pie contra pie, que ocultaba gracias a que, las mesas en las que solía cenar, siempre estaban cubiertas plenamente por manteles de color granate. El color de la elegancia, según dicen. La verdad es que no deben de estar muy seguros -los encargados de la presencia hostelera-, cuando optan siempre por camuflarlo (o al menos quitarle importancia al croma) con un sobre-mantel blanco encima de nuestro protagonista: el granate.

El caso es que su tic, pie contra pie, era conocido ya por todos los que compartían mesa habitualmente con el. Era joven y esto no era preocupante. Vamos, que un tic no le preocupa a nadie con dos dedos de frente, es algo espontáneo e incontrolable. Una respuesta del cuerpo que él mismo decide y ejecuta. Lo que llamaba la atención era que a él esto se le anticipaba al momento al que su mano procedía a sujetar la copa, siempre de vino tinto: el más cotizado en los países fronterizos a los que viajaba “siempre, por negocios”. Y, llegado el momento -casualidades de la vida que siempre se diese con el final del segundo plato-, se levantaba y brindaba, a sus compañeros, unas palabras de aprecio y gratitud. Unas verbas a los que con el se sentaban a la mesa que acababan, noche tras noche, siendo compartidas con el resto de los presentes en el restaurante.

No es que el tic fuera preocupante ni es que a día de hoy esto cambiase y si lo sea, es solo una forma -rítmica- de amenizarles, a todos, la sobremesa: de hacerles más ligero el postre.


5.6.13

220.

E invertir toda su energía en rodear todo su cuerpo con sus brazos. No podía hacer otra cosa que sujetarse a su torso. No tenía más fuerzas.

La impotencia se difuminaba convertida en llanto y el miedo se trasladaba de un cuerpo a otro. Era visible. No era ni tan siquiera felicidad, ni tan siquiera era alivio. Tan solo se limitaba a invertir su energía en un abrazo combinado con lágrimas.

La estampa no era alegre, ni bonita, ni romántica, ni reconfortante. Era, literalmente, una estampa. A secas. Era un rebumbio de gritos, de desolación, de angustia y de horror. Era visible y era dolor.

Era un caos y, en medio de ese caos, tan solo era un abrazo.