29.10.13

225.

Y fue así como del desperdicio de un día se pasó al aprovechamiento máximo del mismo.
 
Se habían echado demasiado de menos todos como para andarse con rodeos, preguntas superfluas y elaboraciones de planes que, para no mentir, pasarían del "buen puerto" a la "papelera de reciclaje".
Con todo esto, habían sido dieciséis horas tremendamente surrealistas, a la par que bien invertidas. La suerte había jugado sus cartas y había ganado, de tal modo que -de forma similar a un alineamiento planetario- las llegadas de unos y las venidas de otros se sincronizaron en algún momento del mediodía. El encuentro se llevó a cabo alrededor de una pequeña mesa, perteneciente a una amplia terraza. Los que recién salían del portal de su casa lo habían tenido más fácil que aquellos que sabían del evento fortuito, por 'casuales llamadas', y ansiaban el final de su turno de trabajo para llegar, a lo menos, al postre.
Unos se sentaban solo para compartir escasos minutos y dejar las sillas, ya calientes, a los siguientes. El juego versaba así: como un carrusel. A decir verdad, atracción bastante monótona en la que los primeros minutos se disfrutan y los últimos se sufren. Pues bien, nuestros "niños" se habían subido, habían repetido y habían hasta desistido del goce de girar a lomos de un caballo dorado para, al final, congregarse -Dios sabe cómo- en un apartado, pequeño y oscuro arenal.
Llegado ese punto, lo que había empezado en el momento de la jornada en el que el Sol más fuerza posee, parecía estar llegando ahora a su final; con la Luna tomando relevo a su antagonista. Algunos habían sido precavidos y, para asegurarse una 'noche diez', habían traído un abridor y varias cervezas. Otros se dedicaban, simplemente, a disfrutar de historias de gente ebria al compás que le daban ritmo al consumo de tabaco manufacturado. El contexto estaba en calma y nada parecía poder cambiarlo. Entonces una de ellas se acercó al mar, dejando al resto sobre la toalla compartida. Se levantó despacio, mirando a los demás -quizás buscando aliados en la aventura- y se plantó justo en "la negra línea imaginaria" que separaba la espuma de las olas del borde delantero de sus sandalias.
Fue así como sintió que del desperdicio de un día había pasado al aprovechamiento máximo del mismo.

21.10.13

224.

Una vez leí que crecer era “aprender a despedirse, aprender a decir adiós”. Adiós a lugares, a cosas y, lo que yo considero más complicado, a personas. Leí que a base de despedidas uno se hacía mayor, maduraba y se enfrentaba, cada vez con más fuerza, a la vida.

<<...el día que te das cuenta de que crecer va a significar despedirse de personas, situaciones, emociones, memorias, ilusiones e incluso amigos que se supone iban a ser para toda la vida. El día que ves que crecer significa conocer cada día más gente que ya murió. El día que te das cuenta de que hoy te despides mejor que hace un año. Que ya no te sorprende que la gente desaparezca de tu vida. Ese día estás aprendiendo a decir adiós, ese día estás creciendo...>>

Tengo que admitir que era un texto corto que por sí solo conformaba el capítulo número quince de un libro de treinta y seis, mas pese a todo, parecía independiente a su contexto. En el momento, recuerdo que detuve el movimiento ocular izquierda-derecha y dejé de leer por unos días

-¿Por qué?
-No sabía si lo siguiente me haría pensar tanto como aquella página. Tal vez fuese mejor dar por acabada allí la lectura. Despedirse del tomo y crecer con aquella lección.

Un año o tal vez varios después, -mi memoria me impide fechar concretamente este momento-, hoy, ahora mismo, justo antes de gastar el tiempo que he tardado en escribir estas líneas, he reabierto ciertos documentos que creía tener olvidados y la frase con la que comencé este texto ha venido a mi como un rayo: “crecer es aprender a decir adiós”. Hoy, ahora mismo, justo ahora, se que he crecido en varios meses más que en todos los años -tampoco son tantos, a decir verdad- que figuran en mi documento de identidad pero, si tengo que hablar con la conciencia tranquila, ha sido un crecimiento obligado. Ha sido un tratamiento para el “estirón definitivo de los huesos” que ciertas personas me han recetado sin saber de medicina.

A todos vosotros, en especial a ti, os/te digo esto:

Espero que, pese a lo que pase por tu cabeza, sepas que de mi boca jamás salió un adiós hacia ti. Tal vez algún día lo haga, no lo sé, pero necesito hacerte llegar que si te miro por la calle cada vez que nos cruzamos no es para “aprender a crecer” sino que aun sigue siendo para empezar una conversación estúpida con un “hola”. Por favor, no sigas apartando la cara.